Con la llegada del francés Michel Platini a la presidencia de la UEFA, entidad que regenta la propia Copa UEFA desde 1971, cuando en la gran final jugaron los equipos de Tottenham y Wolverhampton, ambos ingleses, con triunfo final para el primero de ellos, pareciera ser que comienzan a soplar nuevos vientos en las más altas esferas de la regencia del balompié mundial.
El ahora dirigente galo ha manifestado, palabras más, palabras menos, que sin entrar a establecer una norma económica determinada para la contratación de un jugador por determinado club, sí se hace necesario que exista una lógica correlación entre el valor de las contrataciones que un equipo haga y el presupuesto del cual dispone. Para Platini -y quién mejor para decirlo- es preocupante que el meridiano del fútbol mundial pase por el signo pesos, antes que lo deportivo y consecuentemente el contenido social y educativo de la misma disciplina.
No podemos pensar en la bolsa y que el fútbol existe nada más que para ganar dinero
es su clara pero dura manifestación.
Y nada más lógico que la inquietud del ex jugador francés. No pareciera ser lógico que un futbolista, por astro que sea, por figura mundial que sea o aparente ser, inflado por los promotores de oficio o los medios de comunicación, por atracción de taquilla que sea para su respectivo equipo, etc., etc., y todos los etcs., que se quieran agregar, devengue mensualmente un salario que ninguna calculadora alcanza a registrar en su visor, como si se tratara de alguien que desde su escritorio maneja los hilos del movimiento terrestre las 24 horas del día, y por ende tuviera en sus manos la estabilidad del planeta.
O visto de otra forma, es inaudito, ignominioso, que mientras la mayor parte de la humanidad carece de los elementos esenciales para una supervivencia mínimamente digna, un jugador (reiteramos que por ‘astro’ que sea) pueda, con los ingresos promedio de un día, comprar una mansión, un carro último modelo, un yate, etc., por día, si tuviera a bien hacerlo. El mundo, angustiosamente miserable, no sólo en valores sino en dinero de la época actual, no resiste más esas desigualdades.