Si en algo debemos ser sinceros, ya que en otras actividades del diario acontecer nacional se engaña y miente sin rubor alguno, es en la reseña histórica del deporte colombiano, el cual, en algo más de 75 años nos ha brindado más frustraciones que éxitos. Y que no salgan los ‘pontífices’ de los nuevos tiempos a decir que ello no es así.
El fútbol, la disciplina más popular del planeta, en la cual competimos oficialmente y a nivel internacional desde 1938, con motivo de los IV Juegos Centroamericanos y del Caribe con sede en Panamá, pasando por Juegos Bolivarianos, Copa América, Suramericanos Sub-20, Eliminatorias Copa Mundo, Pre-Olímpicos, Olímpicos, Mundiales, Juegos Panamericanos, Suramericanos Sub-16 y 17, etc., son más las derrotas que los triunfos. Y cuando éstos últimos se logran, es tanta la euforia popular, que desafortunadamente los heridos y los muertos suman más víctimas que el número de faltas sancionadas en desarrollo de los propios partidos. Pero bueno, en gracia de discusión, admitamos que tal cosa sucede en todos los países del globo.
Del que podríamos denominar primer triunfo internacional de campanillas, que nos permitió destetarnos de uno de los grandes del concierto continental, estamos celebrando 50 años. Sí, la friolera de medio siglo.
Cuando en Colombia no se pensaba aún en el campeonato profesional, el fútbol con fisonomía de ‘mayores’ o ‘profesionales’, incursionó en el Campeonato Suramericano, hoy identificado como Copa América. Ello aconteció en enero de 1945 en Santiago de Chile. Las peripecias del viaje hasta la tierra de los viñedos, superó el más duro de los famosos ‘realitys’ televisados de la actualidad. En escasos seis partidos, el legendario Andrés ‘Bolón’ Acosta recibió 25 goles, mientras nuestros paisanos solamente lograron marcar siete dianas, tres de ellas a Ecuador, para lograr el único triunfo de los dirigidos por el jugador y técnico Roberto ‘El Flaco’ Meléndez, en cuyo honor se bautizó, años más tarde, el actual estadio Metropolitano de Barranquilla.
Entre Uruguay y Argentina, la zaga colombiana encajó 16 goles. Y muy posiblemente nuestros ‘verdugos’ del sur del continente ignoraban que la selección nacional contaba en sus filas con un eficaz jugador del Atlántico, de nombre premonitorio: Fulgencio Berdugo, quien ofició de capitán.
No obstante los contrastes, el fútbol criollo volvió a las citas suramericanas de 1947 en Guayaquil y 1949 en Sao Paulo y Río de Janeiro. Los descalabros se contabilizaron a dedo, pues estaba muy lejos de existir la más elemental calculadora.
Por lapso de siete años, el fútbol -ya profesional de Colombia- sancionado por la piratería internacional que dio origen a la denominada época de ‘eldorado’, no pudo volver a la máxima competición del balompié suramericano. Solamente vino a resucitar en 1957, cuando en Lima se celebró la XIX versión de la Copa América.
Pedro Ricardo López, técnico fallecido el año anterior, se atrevió a dirigir al combinado patrio, fruto de un híbrido entre la famosa Selección Valle, del técnico húngaro Jorge Orth, y los mejores jugadores profesionales de hace medio siglo, fogueados ya en nueve torneos de la Dimayor. Con un ‘déficit presupuestal’ nefasto, como podría decir algún Ministro de Hacienda, Colombia llegó al evento limeño: En tres suramericanos (19 partidos) sumaba 67 goles en contra por sólo 13 a favor. Un triunfo solitario contra Ecuador en 1945 y cuatro empates.
Como para no ‘desentonar’ con el pasado, Colombia, con la Selección Valle disfrazada de Colombia, cayó ante la Argentina de Omar Orestes Corbatta, Humberto Maschio, Antonio Valentín Angelillo, José Sanfilippo y Oswaldo Cruz por la ignominiosa cifra de 8-2. Un aguacero de goles en una ciudad donde nunca llueve. Como hecho casi ‘heroico’ Delio ‘Maravilla’ Gamboa y Alberto ‘Cóndor’ Valencia pudieron doblegar al famoso portero Rogelio Domínguez, en algún momento jugador del Real Madrid. Para consuelo de los atribulados por el dato, ese onceno argentino, uno de los mejores de la historia, ganó el título, en la final, frente a Brasil.
Después del 2-8, la mejor Selección Valle de todos los tiempos (hasta empató por River Plate y ganó a Independiente en partidos previos) pasó a experimentar el flagelo colectivo de la crónica deportiva, que siempre ha sido exactamente igual. Por ello, para el segundo partido, frente a Uruguay, el técnico López integró su equipo con los jugadores profesionales más famosos de la época. Solamente sobrevivieron al ‘naufragio’ el volante valluno Israel ‘Muelón’ Sánchez, pues factiblemente podía ‘morder’ mucho pase entre los ‘Charrúas, además de Luis Rubio, ‘Maravilla’ Gamboa y ‘Cóndor’ Valencia.
Contra todos los pronósticos, pues sumados los tres Suramericanos anteriores las cuentas estaban 11 goles a 2 en provecho de los orientales, el equipo colombiano dio el ‘grito de Independencia’ futbolera la inolvidable noche del domingo 17 de marzo de 1957. Una fecha memorable que suma ahora 50 años.
Con base en un excepcional sistema defensivo conformado por Francisco ‘Cobo’ Zuluaga y Luis Rubio y un desempeño brillante en el medio campo por parte del ‘Muelón’ Sánchez, Ricardo ‘Pibe’ Díaz y el ‘Bimbo’ Roaldo Viáfara, la ofensiva nacional, en ese tiempo con cinco artilleros (Alejandro Carrillo, Jaime ‘Manco’ Gutiérrez, Carlos Arango, Delio ‘Maravilla’ Gamboa y Alberto ‘Cóndor’ Valencia) propició repetidas situaciones de riesgo en el arco de Roque Bernardico, portero que carecía del dedo meñique de su mano izquierda, fruto de un accidente deportivo sufrido cuatro años antes.
A los 17 minutos del tiempo inicial, un pase de Roaldo Viáfara lo recogió ‘Muelón’ Sánchez, quien de primera habilitó al puntero Carrillo. Éste, después de burlar la marca del zaguero Castro, envió un centro a media altura que remató, corriendo a toda velocidad, el samario Carlos Arango Medina (nació en Santa Marta el 31 de enero de 1928) para hacer imposible el esfuerzo del portero Bernardico, junto a su vertical derecho. El colombiano remató con toda su ‘santa fe’, virtud lógica de quien era jugador del equipo rojo de Bogotá.
Y es bueno hacer claridad: en nada influyó, para la diana colombiana, el mutilado dedo del cancerbero ‘Charrúa’.
Uruguay, herido en su orgullo de ex campeones olímpicos y mundiales (el más reciente siete años antes, en 1950, en Río de Janeiro, cuando el célebre ‘Maracanazo’) se volcó enloquecido sobre el arco de Efraín ‘Caimán Sánchez, hasta erigir al caballeroso jugador costeño en el auténtico héroe de la confrontación. Tal dimensión adquirió su actuación, que jugando en campo neutral, salió en hombros de los aficionados, definitivamente seguidores incondicionales de Colombia, país que a través del Deportivo Cali, especialmente, se nutrió de futbolistas incas a comienzos de la década del cincuenta.
“Noche de Gloria en Lima”; “Página de Oro escribieron los Colombianos frente a Uruguay” “Viva Colombia. De ‘Gran Sorpresa’ califican al Equipo que anoche venció en forma limpia a los grandes Uruguayos”; “Colombia 1- Uruguay 0 – El ‘Caimán’ fue una muralla humana”, fueron algunos titulares de la prensa nacional e internacional.
Ese triunfo, a nivel de jugadores profesionales, es el punto de partida de la que podríamos denominar ‘historia patria’ de nuestro fútbol de alta competencia, pues gracias a ese puñado de jugadores nos animamos a tomar parte, por primeras vez, en unas eliminatorias de Copa Mundo, con miras a Suecia-1958.
Pero como no hay dicha completa y ello ha sido una constante de nuestro deporte, a Colombia igual a como aconteció con Argentina después del 5-0 (septiembre de 1993) se le ‘indigestó’ y de qué manera, el sensacional triunfo frente a los ‘Charrúas’. Jugando contra Brasil, con la misma nómina, pues equipo que gana no se cambia, según los doctores, es este caso no de la ‘Santa’ Madre Iglesia sino del fútbol, perdimos por la abrumadora cifra de 0-9. Y quién lo creyera: el portero Efraín ‘Caimán’ Sánchez, la máxima figura del campo.
Era el Brasil de Gilmar, Nilton y Djalma Santos y ‘Didí’, entre otros, por primera vez campeones del mundo un año después. Que ello sirva de consuelo a quienes lo vivimos y de conocimiento a las nuevas generaciones, para que sepan sobrellevar las frustraciones del presente.