Definitivamente el ciclismo mundial de alta competencia, caso Tour de Francia, Giro de Italia y Vuelta a España, amén de otras competencias en las cuales año a año se estructuraban auténticos ídolos del pedal, afronta un crisis moral de proporciones y repercusiones insospechadas. Estas duras pruebas, pocos años antes razón de ser de la máxima atención mundial por parte de los seguidores del ciclismo, dada la calidad de sus participantes y la dureza del trazado, han languidecido en los últimos dos o tres años, ante las comprobadas denuncias y confesiones que sobre el uso de estimulantes han hecho directivos y los propios ciclistas.
Cuando aún está fresco y sin resolverse el caso del norteamerico Lanis, vencedor el año anterior de la prueba gala, el danés Bjarne Riis confiesa que ganó el Tour de 1996, bajo la influencia de estimulantes como el EPO, que elevaron su rendimiento al máximo.
Riss ganó el Tour de once años atrás, con tiempo de 95h-57m-16s, tomando una ventaja de 01m y 14 segundos al alemán Jan Ullrich, otra ‘gloria’ del ciclismo alemán, también involucrado en estos oscuros procedimientos, al punto de verse obligado a dejar la práctica del ciclismo por tantos fundamentados señalamientos.
Bjarne Riis, que se paseó ufano por las carreteras francesas, acabó en ese tiempo con la hegemonía del español Miguel Induráin, quien fue rey del Tour desde 1991 hasta 1995 inclusive (cinco títulos en línea consecutivos, caso único hasta ese momento). El ibérico sucedió en el pedestal del ciclismo mundial al norteamericano Greg Lemond, vencedor consecutivo en 1989 y 1990. El ‘gringo’ Lemond había ganado su primer Tour en 1996, con la ‘complacencia’ del francés Bernard Hinault, su compañero de filas en el equipo de la Vie Claire.
Cuando Riis ganó tramposamente su Tour (como él mismo lo dice ahora ante la Unión Ciclìstica Internacional), el español Miguel Induráin clasificó en la 11ª. casilla de la general individual, distanciado en 14 minutos y 14 segundos del ‘campeón’ Riss.
No obstante que la norma dice que mientras no se demuestre lo contrario toda persona es inocente, la dura realidad lleva a pensar que si en pasadas épocas fueron seriamente cuestionados ruteros de la talla de Jacques Anquetil, Fausto Coppi y otros tantos por el uso de estimulantes (cuando la medicina no tenía la alta tecnología de los tiempos modernos) es fácil presumir, quizás temerariamente, que ídolos que forjó la afición en tiempos más recientes, caso Greg Lemond, Pedro ‘Perico’ Delgado’ Bernard Hinault, Miguel Induráin, Lance Armstrong, Gianni Bugno, Alex Zulle, Damiano Cunego, Gilberto Simoni, Stéfano Garzelli, Aitor González, Abraham Olano, Toni Rominger, Melchor Mauri, Sean Kelly y etc. etc., han sido una auténtica farsa por años y años de ciclismo.
Por ello los patrocinadores de bien dejan de brindar apoyo a las actividades del pedal y los aficionados se alejan de las márgenes de la carretera. Triste declive para un deporte popular, de los pocos que no exige el alto precio de una boleta para poderlo disfrutar, con especiales excepciones en las etapas de alta montaña en Europa.