Cuánto no hubiese dado Andrés Galarraga, el famoso ‘’gato’’ venezolano en las mayores, por haber alcanzando o superado por uno o dos tablazos de cuatro esquinas el registro de 400 cuadrangulares en las Grandes Ligas.
Se quedó en 399 ‘’bambinazos’’ tras verse obligado a abandonar los diamantes de los estadios de la Gran Carpa, cuando sus dolencias físicas doblegaron su ímpetu y sus deseos de grandeza, pese a sus esfuerzos y quizás su meta, de haber señalado los 400 estacazos de vuelta completa.
Traemos a colación esta breve reseña., al escuchar, con cierto escepticismo, las voces que claman porque los afroamericanos vuelvan a ser protagonistas de valía en las Grandes Ligas, mientras se quejan de que la presencia de los latinos, por ser más dóciles y menos difíciles para los estrategas de las novenas, son más fácilmente contratados, excusas que sólo sirven para distanciar la familiaridad y camaradería que se siente en los bancos de juego entre los peloteros que hoy día lucen los uniformes de las 30 novenas del Béisbol Organizado.
Los afroamericanos no han venido siendo desplazados por nadie. Eso no es cierto. La verdad de todo ello es que se han visto atraídos por practicar otras disciplinas deportivas como el fútbol americano y el baloncesto, para apenas citar dos deportes en donde se están moviendo como ‘’Pedro por su casa…’’, y han dejado a un lado la del béisbol, cuya permanencia, capacidad de juego y disciplina, parecen ahora ser pocas atractivas para ellos.
Los latinos están haciendo presencia porque su talento está demostrado sobre el terreno de juego, su clase beisbolera es resaltada y respetada por los estrategas y técnicos del béisbol de las mayores y porque, cada día se palpa que su clase sirve para mucho en el desarrollo de los desafíos, ya no sólo para ocupar posiciones como el campocorto, sino para elevarse a la categoría de valiosos en las distintas posiciones de una novena.
Si bien Luis Aparicio, el venezolano inmortal de la pelota organizada, no fue un torpedero con un madero tan afilado como los que hoy día responden tanto a la defensiva como a la ofensiva, como es el caso de su compatriota y extraordinario pelotero Omar Vizquel, también es cierto la clase de Juan Marichal, el astro dominicano exaltado por propios méritos en Cooperstown, dejó una huella de grandeza indiscutible y de ser un caballero dentro y fuera del terreno de juego.
Y ni qué decir de Roberto Clemente, el ‘’cometa de Carolina’’, cuya grandeza y pujanza deportiva es reconocida a diario, sempiterno pelotero que está más allá de la gloria y de la inmortalidad, así no haya tenido la fortuna de ser tan de buen recibo entre la crítica deportiva de su época; o de peloteros como el boricua Orlando ‘’Peruchín’’ Cepeda y el cubano Tany Pérez, o del panameño Rod Carew, todos exaltados a los nichos de los inolvidables del béisbol de las Grandes Ligas.
Por eso ahora, cuando Sammy Sosa despache su tablazo para el mágico número de 600 cuadrangulares, se habrá colocado entre los cinco mejores bateadores de largo metraje de todos los tiempos; detrás de Hank Aarron, con 755 batazos de circuito completo; Barry Bonds, quien está camino a señalar un nuevo registro y quien está a menos de diez jonrones de superar la hazaña de Aaron; de Babe Ruth, el eterno ‘’bambino’’ de los Yanquis de Nueva York, con sus 714 pelotas fuera del parque y de Willie Mays, otra joya del béisbol, quien tiene registro de 660 ‘’bambinazos’’.
Y luego las sandeces empezarán a aparecer por todos lados. Simplemente porque se trata de un latino. Pero nadie podrá borrar lo que Sosa logre implantar sobre los estadios de las mayores, pues a sus 38 años de edad, todavía tiene condiciones para seguir por lo menos dos temporadas más en la Gran Carpa.
Después vendrán Alex Rodríguez, Albert Pujols, Manny Ramírez, Johan Santana, y quién sabe cuántos más, dejando ex profeso a muchos otros nombres de talla y de valía por el momento, para gloria y orgullo de América Latina, cuya presencia en las nóminas de las mayores es porque se lo han ganado a base de esfuerzo, de constancia, de sacrificios, de nobleza y por el derroche de talento y capacidad de juego sobre los diamantes de las Grandes Ligas.