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Fútbol|Crónicas|Un estadio sobre lava petrificada
Estadio de la Universidad Autónoma

Un estadio sobre lava petrificada

Construcción del estadio Olímpico de Ciudad de México
En Brasil, el estadio Maracaná puede jactarse de albergar 220.000 personas, en Inglaterra, el derruido Wembley, que las obras de su construcción fueron puestas en marcha por un futuro rey y en Uruguay, el mítico Centenario, de haber sido edificado en escasos seis meses. Así pues, cada estadio tiene su propia historia.

Pero como obra de arte, el Estadio Olímpico de la Universidad Nacional Autónoma de México, sede habitual del equipo de Los Pumas -y de los Juegos Olímpicos de 1968- quizás no tiene émulo a la vista. Desde que terminó de construirse en 1952, este majestuoso escenario deportivo atrajo la admiración de los más notables arquitectos de todo el mundo. Y la razón es bien sencilla: el estadio universitario de la capital mexicana se asienta sobre la lava arrojada hace algo más de dos milenios por un pequeño cono volcánico de nombre Xitle -hoy inactivo- ubicado en las faldas de la serranía que circunda por el costado suroeste a la Ciudad de México.

A diferencia de la mayoría de los estadios del mundo, cuya arquitectura sigue los lineamientos de los coliseos romanos, el Estadio Olímpico azteca se fundamenta en el concepto de los estadios griegos, casi siempre acomodados en desniveles naturales formados por el propio terreno.

De acuerdo con lo anterior, la localización y forma del estadio la determinó la topografía del lugar. Al extraer la tierra del centro y hundirse el campo de juego, aún más con respecto al nivel exterior, se obtuvo un impresionante ahorro de recursos, al tiempo que se logró un acceso más fácil del público, pues las entradas al escenario quedaron, en forma natural, en la línea media de las localidades.

El tepetate -piedra blanca para los mexicano- se utilizó, después de ser extraído, para los terraplenes sobre los cuales se asentaron las graderías. La piedra volcánica sirvió para el recubrimiento exterior, mientras otros materiales, como el hierro y el concreto se emplearon en la construcción del balcón circundante del estadio.

El proyecto de este majestuoso escenario deportivo estuvo a cargo del arquitecto Augusto Pérez Palacios. La obra se hizo realidad en año y medio y tuvo un costo de dos millones de dólares de la época.

La parte exterior se ornamentó con una gigantesca escultopintura en piedra de Diego Rivera, quien pese a sus 66 años de edad, no rehusó la invitación del arquitecto Pérez Palacios para plasmar en el escenario olímpico uno de sus famosos murales, tal como lo hiciera, años antes, en edificios públicos, antiguos y modernos de México y el extranjero, con el mayor de los éxitos. La obra quedó temporalmente inconclusa: el maestro Diego Rivera murió pocos años después de construirse el estadio, en 1957.
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