Quienes lo vieron jugar lo aclamaban como el clásico pelotero que sin tener ni la estatura ni la contextura física para ser titular, hacía maravillas en el campocorto.
Desplegaba toda su capacidad de juego, en cada turno que consumía al bate, para dejar asombrados a los rivales y satisfechos a sus compañeros de equipo y a la inmensa afición que lo catapultó como uno de los símbolos y leyendas de los famosos Yanquis de Nueva York.
Phil Rizzuto acaba de fallecer, a la edad de 89 años, tras una brillante carrera con la organización, pues aun después de retirarse como jugador activo, se dedicó a ser el comentarista de sus siempre queridos Yanquis en las transmisiones de radio y televisión, y quien acuñó una frase que estará por siempre presente en la mente de todos los seguidores de la divisa de los Mulos: !Santo Cielo!, exclamación para resaltar algo extraordinario que sucedía en el campo de juego cuando su novena estaba bien defendiendo su territorio, bien haciendo uso de su ofensiva.
Nunca pensaron los estrategas del Rey de los Deportes, que un hombrecito de 1.68 metros de estatura y con apenas unas 150 libras de peso promedio, cambiara por completo aquella famosa concepción de los expertos, a través de la cual, los hombres altos, de buen físico y con por lo menos 180 libras de peso, estaban destinados para triunfar en el béisbol. Phill obligó a que ese patrón del pelotero del béisbol se hiciera a un lado... o por lo menos, que quedara en el cuarto de San Alejo por largo tiempo.
Mejor que nadie a la hora de defender su territorio, Phil hacía de sus jugadas algo fácil en su guante para engarzar los batazos cuando se trataba del calificado como ¡imposible de atrapar! Y tenía la virtud de ofrecer una dura resistencia frente a los lanzadores, con los magistrales toques de bolas que era el complemento perfecto, en el momento preciso, cuando su novena necesitaba que todo saliera bien a la ofensiva.
En las estadísticas, Rizzuto, quien había nacido en Nueva York el 25 de septiembre de 1918, muestra registros muy difíciles de igualar y muchos menos de superar –aun cuando en esta era moderna, todo es posible -, como es la de tener 21 partidos consecutivos en Series Mundiales sin cometer errores y la de 58 juegos en temporada regular, sin hacer una sola pifia defensiva.
Apareció en el firmamento de las Grandes Ligas en 1941, cosechando una campaña que dejó fríos a muchos de los expertos y fanáticos de la novena. Bateó para 307, luego de conectar 158 inatrapables en 515 turnos al bate, incluyendo 20 dobletes, 9 triples y 3 cuadrangulares, con 46 carreras impulsadas y 65 anotadas, con 27 bases por bolas negociadas y 36 ponches recibidos.
Decían que Rizzuto era el ‘’pelotero que todo lo hace bien’’, al referirse la crítica deportiva a la manera de comportarse en el terreno de juego, quien al lado de estrellas tan inolvidables como Joe DiMaggio, Mickey Mantle o Yogi Berra, por momentos, las ‘’hacía olvidar’’, por la manera cómo encaraba el juego.
Sobre las bases, era un hombre inquieto, hasta el punto que debutando en la Gran Carpa se estafó 36 almohadillas, y al año siguiente, en 1942, subió el registro a 40 robos, compilando 397 bases alcanzadas en esa modalidad, luego de 13 años de estar en las mayores, incluyendo las 42 de 1952, su máximo guarismo en ese departamento.
Fue estrella de los Yanquis en la época en que los Mulos conservaban una línea de juego que hacía estragos en la pelota organizada, ayudando a conquistar siete títulos de Series Mundiales, anillos que él mostraba con gran orgullo para recordar unos años en los cuales los Yanquis siempre era el equipo a derrotar.
Contra todos los pronósticos, dadas sus características físicas, Rizzuto fue el primer bate de los Yanquis durante toda su permanencia con el uniforme, pese a que se perdió de jugar las temporadas de 1943, 1944 y 1945, debido a su reclutamiento para la Segunda Guerra Mundial, tres años preciosos para la calidad y grandeza que tuvo como pelotero.
Nunca se quejó de nada. Nunca dejó ver falencias por sus condiciones físicas, nada recomendables para una extenuante y prolongada campaña como la que se juega anualmente en las Grandes Ligas, en cuyos años los clubes jugaban para 156 partidos oficiales, sin incluir los de la Serie Mundial, en donde él estuvo en nueve ocasiones.
Se envalentonaba cuando había que hacerlo y sacaba fuerzas de donde no las tenía para tocar la bola en el momento que se necesitaba; estafarse la base cuando se requería; traer la carrera del empate o del triunfo, con un batazo cualquiera, cuando era indispensable; meter su manilla sobre el batazo que pedía camino a terrenos de nadie para iniciar una jugada defensiva que podía concluir en doble matanza.
En fin, ciertamente, todo lo hacía bien.
Phil Rizzuto sin duda alguna, era más que una leyenda para el béisbol y para los Yanquis de Nueva York. En sus 1.647 partidos que jugó en campañas regulares, apenas en dos ocasiones ocupó la segunda almohadilla. En los 1.645 encuentros adicionales, siempre fue el torpedero de los Yanquis. Y desde luego, en los 52 desafíos de Series Mundiales en donde actuó, todas sus apariciones fueron ocupando el campocorto.
Y miren las estadísticas de por vida que dejó. 1.588 incogibles en 5.816 veces al bate, para promedio ofensivo de 273, con 239 dobletes despachados, 62 triples y 38 ‘’bambinazos’’ conectados. Impulsó 562 carreras y anotó 877. Recibió 650 bases por bolas y se ponchó en apenas 397 oportunidades.
En las nueve Series Mundiales en donde actuó, participando en 52 desafíos, despachó 45 indiscutibles en 183 turnos al bate, con promedio ofensivo de 246, en donde sumó además 3 dobletes y 2 cuadrangulares; con 8 carreras fletadas hasta el palto y 21 anotadas; con 11 ponches recibidos y 30 bases por bolas recibidas.
Y Juan Vené, el afamado comentarista del béisbol de las Grandes Ligas, llegó a bautizarlo como ‘’el artista del toque de bola’’.
Rizzuto permaneció con los Yanquis, bien como pelotero, bien como comentarista, bien como un hombre de béisbol, 56 de los 89 años que vivió, y la captura del título de ‘’Jugador Más Valioso’’ de la temporada de 1950, cuando sin duda alguna, fue su mejor campaña de las 13 que jugó, con promedio ofensivo de 324, despachando 200 incogibles en 617 turnos, incluyendo 36 dobletes, 7 triples y 7 cuadrangulares; con 66 carreras fletadas y 125 anotadas; además de 91 bases por bolas negociadas y penas 38 ponches recibidos, lo consagraron como una verdadera estrella de la Gran Carpa.
Su ingreso al Salón de la Fama apenas fue el reconocimiento a la calidad, el talento, la consagración, la sapiencia y los deseos de ‘’hacerlo todo bien’’, de un hombre que dejó para siempre su imperecedera huella en las Grandes Ligas, lo que sumándole todo lo que hizo por el béisbol y sus Yanquis, no hay duda que fue algo más que una leyenda.