La historia del clásico argentino entre River Plate y Boca Juniors está llena de anécdotas, de hechos insólitos. Desde el primer partido clásico, protagonizado en 1931 cuando se inició la era profesional en el país del sur, comenzaron igualmente las grandes controversias dentro y fuera del campo.
El partido oficial inaugural de estas confrontaciones duró solamente 25 minutos. Carlos Peucelle, posteriormente bien conocido en Colombia, abrió el marcador para River. Luego el árbitro Scola concedió un tiro penal en beneficio del Boca. Ejecutó el remate Francisco Varallo y atajó a medias el portero Jorge Iribarren, circunstancia que aprovechó el mismo delantero para patear de nuevo y permitir, una vez más, el lucimiento del portero. Al intentar el tercer remate, lo hizo sobre las manos del arquero riverplatense y la pelota llegó al fondo de la red.
A partir de ese instante los ánimos se exaltaron. Los jugadores de River Plate protestaron la sanción del gol, aduciendo falta de Varallo sobre el cancerbero. Algunos, inclusive, agredieron al juez Scola. Fueron expulsados Belvidares, Bonelli y el uruguayo Pedro Lago, todos de River. La guerra del campo de juego se trasladó a las tribunas y posteriormente a las calles adyacentes. Policía, gases, desalojo de las tribunas. Restaron 65 minutos de juego.
Posteriormente los dos puntos en litigio fueron contabilizados a favor del Boca Juniors. El cuadro de la franja oro a la altura del corazón, al final, fue el campeón con un total de 50 puntos, luego de jugar 34 partidos.
En ese mismo campeonato, otro hecho increíble pasó a enriquecer el historial deportivo de los certámenes gauchos: el partido entre Estudiantes de la Plata y Lanús, con marcador parcial de 8-0 en beneficio de los primeros, el árbitro Lorenzo Martínez decidió finalizarlo a los 23 minutos del segundo tiempo. Seguramente no estaba dispuesto a esperar ‘milagros’.