Duele, por decir lo menos, lo que está pasando en el béisbol de las Grandes Ligas. Y ex profeso, habíamos dejado transcurrir algunos días para intentar tocar el tema que, en medio de tanta importancia e intereses de todas las índoles, no puede ser abordado como el común y corriente de la gente quiere o, por lo menos, espera.
Y duele por dos motivos. Es el béisbol un de los pocos deportes que luego de aquellos aciagos días de los años 20, cuando los Medias Blancas se convirtieron en ‘’medias negras’’, al comprobarse el fraude que cometieron varios de sus jugadores en algunos partidos de las Grandes Ligas, había logrado alejar de su entorno toda clase de ingredientes distintos a los simple y llanamente deportivos, hasta cuando se ha descubierto, lamentablemente, que en las dos últimas décadas hubo injerencias indebidas por parte de sus practicantes en varios de los equipos de la Gran Carpa.
Nombres como los de Miguel Tejada, el torpedero dominicano que en más de una ocasión desmintió el uso de estimulantes; y los de Rogers Clemens, el astro lanzador derecho que caminaba recto y seguro hacia un nicho en el Salón de la Fama, cuyo nombre aparece en el informe del investigador George Mitchell, pero que ahora parece estar dispuesto a limpiar su nombre ante los tribunales; y el de Andy Pettite, el zurdo de las mayores que tiene más a su favor que en contra, más otras docenas de destacados peloteros, deja mucho que desear.
No quisiéramos estar en el pellejo de ellos. Pero si son responsables, que les caiga todo el peso de la ley, y desde luego, que sean marcados con el asterisco negro que de por vida, los mantendrá lejos de cualquiera posibilidad de aspirar a ser ciudadanos de Cooperstown, la ciudad del Estado de Nueva York, en donde está enclavado el Salón de la Fama.
El béisbol, para todo el que conoce sus reglas y su modalidad de juego, no se puede dar el lujo de permitir que por el mero capricho, porque no es otra cosa, de elevar la competitividad en los diamantes de juego, se tenga que llegar al uso de estimulantes, bien sean las famosas hormonas de crecimiento, bien sean los esteroides, ambos son elementos que más temprano que tarde, no sólo destruyen físicamente a quien los utiliza, sino que deteriora por completo la imagen de una disciplina que debe ser limpia, sana, generosa y ejemplar para el futuro deportivo de quienes acogen su práctica deportiva.
Y habíamos dejado transcurrir esos largos días, porque considerábamos que podrían producirse nuevos hechos, que nos permitieran encontrar elementos de juicio más concluyentes, para una comprensión más amplia y fundamentada que la que nos pueden ofrecer hasta el momento, lo poco o mucho, sea la oportunidad decirlo, que hasta hoy conocemos.
Lo de José Canseco, Rafael Palmeiro, Jason Grismley y Chuck Knoblauch, para apenas citar a unos pocos de los señalados en el informe Mitchell, ya se había ventilado públicamente pero había muchas dudas, no sobre los nombres de los que aparecen en esa lista de involucrados, sino sí todos los que están en dicho informe, hacen parte del numeroso grupo de peloteros que aparentemente utilizaron estimulantes para un mejor rendimiento en el béisbol de las Grandes Ligas.
Y es que esa nómina puede ser mucho más amplia. El propio Mitchell destaca en su relato investigativo, que hubo poca colaboración en ciertos sectores del Béisbol Organizado, y que por lo tanto, puede hacer falta un buen número de jugadores que utilizaron dichos estimulantes pero que, por la carencia de una rigurosa pesquisa, no podían ser incluidos en la plantilla.
De los tantos mencionados, el único que ha reaccionado de manera contundente, es Clemens, quien está dispuesto a demostrar ante la justicia, o por lo menos eso es lo que ha anunciado, que jamás ha utilizado estimulantes para obtener el rendimiento que ha tenido y que lo ha proyectado como una verdadera estrella y joya del béisbol.
En esa tarea, Clemens no solamente tendrá que demostrar su inocencia, sino que adicionalmente, despejará cualquier duda o sombra que tengan sobre su nombre, y habrá asegurado su paso al grupo de los inmortales del béisbol de las mayores. De ser lo contrario, Rogers difícilmente podrá aspirar a que su nombre sea tenido en cuenta para llegar a Cooperstown una vez concluya su faena en la Gran Carpa, posiblemente ya terminada con sus actuaciones en el 2007 con el uniforme de los Yanquis, club que ya dijo que no lo tenía dentro de sus planes para la temporada del presente año.
Los errores son de humanos, es cierto. Pero el béisbol no puede escapar desde ahora de una operación limpieza profunda, con entrenadores, técnicos, asesores y hasta dueños de las novenas, porque todos conforman una gigante empresa dentro de cada una de las franquicias, para que el talento y la calidad de sus peloteros vuelva a su estado natural, es decir, que cada uno de los participantes salga a los diamantes a exhibir sus condiciones en plan de superación física y competitiva gracias a los dotes que la naturaleza les prodigó y no a la utilización de estimulantes que, desde luego, ofrecen un mejor rendimiento, pero que degeneran por completo la esencia del béisbol, que no es otra cosa que una competencia libre de sospechas y de estimulantes, cualquiera que ella sea.
Ojala todo lo que se ha conocido hasta hoy sea el principio de una poderosa y decidida forma de encarar el problema en el Béisbol Organizado, para ejemplo no solo del propio deporte, sino del mundo deportivo.
Lo que pedimos, es no estar equivocados. Y que lo que haya que hacer que se haga pronto, rápido, de manera eficaz y eficiente, para que el béisbol reencuentre el camino limpio de toda posibilidad de injerencias extrañas en todos y cada uno de los peloteros que hacen parte de la gran familia del espectáculo de las Grandes Ligas.