Bien es sabido que por tratarse de la última instancia defensiva,
el accionar de un portero es vital para las posibilidades de un equipo. En otros puestos, con distintos hombres de la misma alineación, pueden llenarse esas funciones, dentro de un plano más o menos equivalente. Con el arquero ocurre cosa bien distinta. Difícilmente un jugador que se desenvuelve con eficacia en otros sectores, cumple con acierto en medio de los tres palos. Y así no sólo disminuyen las justas posibilidades de alcanzar una victoria, sino que también el espectáculo pierde mucho de su jerarquía, ya que el equipo afectado, regularmente, renuncia al ataque para proteger más a su improvisado portero y el equipo rival comienza a ensayar pelotazos desde todos los ángulos, en procura de concretar los goles que quizás no podría anotar en igualdad de condiciones.
Una de tales circunstancias la vivió el célebre arquero argentino
Amadeo Carrizo del River Plate en el torneo argentino de 1949, cuando luego de un fuerte encontronazo, debió dejar el puesto de arquero al famoso delantero
Alfredo D’Stéfano, quien pocos meses más tarde se vinculó al fútbol de nuestro país.
En Colombia y por iguales circunstancias, jugadores de campo como Camilo Cervino del Deportivo Cali y Omar Lorenzo Davanni de Santa Fé, entre otros, fueron improvisados como porteros.
Pero la reglamentaria prohibición de cambiar al portero por lesión cesó a comienzos de 1959, cuando la FIFA echó por tierra tan obsoleta norma. No obstante lo anterior, se dejó muy en claro que en caso de lesionarse el guardavalla, que entra a reemplazar al titular, no se permitiría el ingreso de un nuevo jugador, con lo cual pasaría al arco un futbolista de los disponibles dentro del campo de juego. Principios de un proceso evolutivo que ha consolidado la presencia del cancerbero en los partidos.
En el ocaso de aquel año de 1959, Gabriel Ochoa Uribe, como técnico, se consagró por primera vez campeón con Millonarios, equipo que llevó luego la representación de Colombia a la Copa de Campeones -hoy Libertadores- en su versión inaugural y en Argentina, el legendario Angel Labruna, con 41 años cumplidos, jugó por última vez en River Plate, en campeonatos oficiales de primera división.
Diez años antes, en 1949, la AFA (Asociación de Fútbol Argentino) dispuso que los jugadores, con la salvedad del portero, debían llevar un número de identificación del 1 al 10, comenzado por el marcador de punta derecho y terminando con el denominado, en ese tiempo, puntero izquierdo. Posteriormente el mismo arquero entró a formar parte de esa nomenclatura, regularmente con el número uno.