Pena máxima. Caneo cobra de derecha a la raíz del palo izquierdo y la bola roza el guante del portero. Gol. Las tribunas se revientan. Uno lo ve y se ve menudo. Celebra. Corre a una velocidad de crucero como si no pudiera avanzar. No avanza. Pero para qué, si aprendió que el que corre no siempre es el que gana. Y él gana.
La historia de Miguel Caneo (Río Negro, Argentina, 1983) en este país surgió el año pasado cuando a Eduardo Pimentel, presidente y dueño del Chicó Fútbol Club, se lo ofrecieron por escasos 300 mil dólares y algunas palabras bonitas de que era un volante ofensivo que metía goles. Una rareza, para variar.
Caneo tenía dos títulos envidiables: campeón Torneo Apertura y Copa Libertadores de América en el 2003, todos con Boca Juniors. ‘El Virrey’ Bianchi lo hizo debutar ese mismo año en el equipo y todo el mundo hablaba de él. No era un Riquelme, pero podía rendir cuando se necesitara. Caneo era Boca.
Pero tenía un problema. A Pimentel le contaron que tenía una grave lesión de rotura de ligamento cruzado en su pierna derecha. Eso es como tener un balón y no poder patearlo. Nada, entonces. Sin embargo, Pimentel llamó a su hermano Rodrigo, quien es médico, y con un par de kinesiológos más lo miraron de pies a cabeza. El dictamen: "cómprelo. Aquí lo recuperamos". Firmó el cheque y se lo trajo.
Caneo venía de pasar por Quilmes, Colo Colo y un equipo que tiene más nombre de arenera que de club de fútbol: el Godoy Cruz, de la provincia de Mendoza. Mucho antes ya había tenido la lesión de rodilla y tardó demasiados meses en recuperarse como para que Boca Juniors lo sacara mantuviera. Salío fulminantemente.
Caneo es una estrella que vale oro. Es de esos jugadores que pasan el balón y espera que se lo devuelvan. Lo hace suyo. Va a su ritmo como las congas en una orquesta. Juega muy suelto y parece esos muñecos que no se dejan tocar cuando bailan en una pista. Es efectivo, y eso en el fútbol es tan necesario que nadie lo hace. Es un jugador de espíritu, que tiene sal, que se siente. Su espíritu es jugar.
Tiene contrato por tres años con el Chicó, pero tras sus 14 goles, ser figura extranjera y quedar campeón del Torneo Apertura 2008, Caneo, Caneito, tiene ofertas de México, Argentina y Europa. Sus hinchas, de ese altiplano cundiboyanse famoso por sus ciclistas y sus ruanas, piden que no se vaya. Él tampoco se quiere ir.
"Yo soy feliz aquí", ha dicho tras el título. Pimentel no sabe que hacer porque tiene una estrella. Una estrella que vale. Fue comprado por 300 mil dólares y lo tasan en 2 millones de dólares. Todo está muy caro, decía un artista. Su rodilla no importa hoy cuando ha dado un título, miles de sonrisas y ha vuelto a jugar, a tener ese espíritu con que alguna vez debutó. Ya lo sabe: su rodilla es de hierro. Se queda.