Víctor Hugo Aristizábal (Medellín, 1971) fue el ídolo raro. El hombre capaz de llevar a la selección colombiana al único título de la Copa América de 2001 y no ser querido. Fue él y nadie más. Medio país lo miraba con desdén y desprecio a pesar de que hablaba con cifras, con goles. También con palabras.
Tal vez fue esto último que lo condenó a que hinchas del fútbol hablaran mal de su juego y nadie lo quisiera. Él habló sin tapujos, sin permiso, con las palabras menos suaves y llegó a ser un referente a la hora de escoger técnicos y jugadores. Si ‘Aristi’ no le gustaba un técnico, él no jugaba. Era difícil.
Una vez le inventaron frases como ‘el mejor jugador del mundo sin balón’. Un absurdo que muchos creyeron y que nadie podía explicar. Con el tiempo habló más duro y los árbitros le temían. Sus palabras empujaban al equipo. Era de los que podía jugar y meterla en la red y no ser aclamado. Yo era uno.
Sin embargo, cuando se retiró hace unos días ante 45 mil aficionados en el estadio Atanasio Girardot de Medellín, mucho se enteraron de su dimensión. Sin meterla en la red lo ovacionaron como nunca, e incluso, tuvo que esperar por más de 5 minutos a que los fanáticos se callaran para que él hablara con lágrimas. Es que no se iba cualquiera, se iba alguien de la talla de Lóndero o de Sapuca, ídolo verdes.
No es gratis: máximo goleador colombiano de todos los tiempos, con 348 anotaciones; máximo artillero de Nacional en el torneo colombiano con 173 goles, máximo goleador extranjero en el Campeonato Brasileño: hizo 47 anotaciones entre 1996 y 2004, y máximo anotador colombiano en una misma edición de la Copa América, con 7 goles anotados. Y hay mucho más. No son pocos sus récords.
En su despedida, y al minuto 28, cogió un rebote de Farid Mondragón y puso a celebrar a los miles de hinchas. Su hijo, Emilio, un pequeño que corría como alcanzando un juguete que se mueve, ingresó al terreno de juego sin importar el regaño del cuarto árbitro. Se abrazaron. Era un gol del ídolo, de papá.
"Conocí muchas hinchadas. Fui a 70 países, pero ninguna es como la de Nacional", dijo el goleador. El último gol lo marcó en el arco sur del Atanasio de chalaca, al minuto 17 del segundo tiempo del juego amistoso. La gente se quería morir. Todos querían abrazarlo. Nadie como él existía en un equipo.
Fue un jugador local, sin duda, pero se pasó por clubes como el Valencia (España) y no menos gloriosos como Sao Paulo, Santos o Cruceiro (Brasil. "Que mi cuerpo y mi alma se pasen a mi hijo", finalizó. Pero eso no es posible. Emilio, a lo mejor, no quiera patear balones. ‘Aristi’ sólo es él. Mejor así. Se fue el ídolo, el ídolo raro.