En 1945 el fútbol de Colombia hizo presencia, por primera vez en la historia, en el famoso Campeonato Suramericano de Fútbol, categoría de mayores. No había ningún otro certamen para jugadores juveniles o infantiles. Esa opción es de tiempos más recientes. El equipo criollo, al mando del técnico Roberto ‘El Flaco’ Meléndez, viajó a Santiago de Chile, luego de pasar por un auténtico viacrucis. Después de surcar el Río Magdalena hasta el puerto de La Dorada, abordar luego el tren, el buque de cabotaje y hasta algunos trechos a pie, llegaron a un pobre hotel de tercera o cuarta categoría en Santiago, la capital del país austral.
Hoy lo hacen en aviones jet de cabina presurizada, utilizan implementos deportivos de las más reconocidas marcas mundiales, director técnico, preparador físico, sicólogo, dietista, médico de cabecera, capacitador de arqueros, utilero, etc. etc. amén de un séquito de dignatarios, que entre trago y trago tienen ocasión de presenciar cada partido, en este caso los correspondientes a las eliminatorias de la Copa Mundo, Sudáfrica 2010.
Hace ya largos 31 años, a raíz de la paupérrima presentación de Colombia, con la orientación del técnico balcánico Blagoje Vidinic, en los juegos eliminatorios de Copa Mundo, frente a Brasil y Uruguay (en cuatro partidos dos goles a favor y ocho en contra), una crónica de Otto Garzón Patiño en el matutino costeño ‘Diario del Caribe’ decía textualmente:
“La comercialización del fútbol colombiano, con base en la premisa de ‘cuídate esas piernas que valen más para el club que para Colombia’ ha traído como consecuencia el ‘amarillismo’ de los futbolistas nacionales, que salen al campo sin el carisma especial que nimbaba (coronaba) las altivas frentes de los hombres de antaño.
“Hoy vale más -sigue la nota- una pierna sana para el onceno de origen, que un peroné roto en defensa de los colores patrios.
“Por esto y porque la mística ya no es parte de la preparación de los jugadores seleccionados, usted puede ver a un futbolista negarse reiteradamente a volver al campo, luego de un golpe, fingirse resentido, fugarse de la concentración, o simplemente eludir el sagrado deber de representar a la República, en un evento de importancia.
“Las épocas en que representar al barrio, a la ciudad, el departamento o la Nación era un honor, ya pasaron a la historia. Las comparaciones son odiosas, dijo alguien, mas si éstas se hacen entre personas”.
Pareciera ser algo increíbles, pero después de tres largas décadas, esos conceptos tienen plena vigencia en el fútbol de selección de nuestro país.