Los amantes del buen fútbol, del juego exquisito, del deambular caballeroso por las canchas de fútbol, fijaron sus ojos, cuando el Campeonato Mundial de Alemania 2006 había recorrido un buen trecho, en la figura del francés
Zinédine Zidane, indiscutiblemente un caudillo de su equipo y quien pese a estar en época propicia para empezar a ‘calificar servicios’, pasó a destacarse, una vez más con luz propia, máxime cuando ídolos como Ronaldinho, Robinho, Kaká, Shevchenko, Tévez, Messi, Saviola; Ballack, Owen y etc., etc., pasaron más con pena que con gloria por el evento copero.
Dejando de lado los comentarios que lo tildaban de ‘viejo’ para la Copa, el capitán francés
tomó las riendas de su equipo dentro del campo de juego y se constituyó en el artífice de los brillantes éxitosfrente a Brasil y Portugal, para citar los dos partidos en los cuales Zidane demostró que la categoría no se pierde de la noche a la mañana , así la calvicie sea más pronunciada, pues a decir verdad no juega el cabello, sino lo que está, en algunos oculto, bajo esa capa protectora.
Zinédine Zidane, un exponente del balompié exquisito, que llevó a Francia al título de 1998 con dos goles frente a Brasil, galardonado por la FIFA como el mejor jugador de la temporada 1998, 2002 y 2003, icono de uno de los equipos más prestigiosos del planeta como lo es el Real Madrid, encomendado por su técnico Raymond Domenech de llevar a los galos, con altura y dignidad hasta el último segundo de juego en la lucha por la segunda estrella, salió en forma dolorosamente triste de su última cita con la gloria en un Mundial de Fútbol.
Zidane, ‘el Resucitado’, como lo identificó un diario bogotano, seguramente fue provocado por el italiano Marco Materazzi (anotó el gol del transitorio empate), pero el siempre ecuánime, culto, casi hasta tímido jugador, reaccionó violentamente y quizás olvidándose de su Argelia de origen, de Marsella, de Francia, de su condición de capitán, de su investidura de líder de todo el equipo, propinó una falta premeditadamente descalificadora contra el provocador italiano, a la altura de los dos minutos y fracción del segundo tiempo suplementario. Con justicia, el juez argentino Horacio Elizondo, después de consultar con el juez de línea, lo marginó del partido.
Nunca se sabrá si con él en el campo de juego, los 12 minutos restantes habrían sido favorables, o no, a los intereses de Francia o si la parte anímica habría funcionado mejor, para él mismo y sus compañeros, en la instancia de las ejecuciones desde el punto penal.
Cuando él mismo lo necesitaba para salir por la puerta grande del estadio olímpico de Berlín, luego de una faena memorable con el balón, cuando Francia esperaba de su talento una inspiración genial para posiblemente ganar, cuando los aficionados de todas las latitudes, simpatizantes o no del equipo galo, se aprestaban a verlo pasearse por la gramilla del más mítico de los escenarios alemanes con el oro o la plata reluciente sobre su pecho de guerrero de mil confrontaciones deportivas, donde seguramente las provocaciones y los insultos fueron muchos y factiblemente hasta peores, Zinédine Zidane, perdió la compostura. Humano es.
Los buenos aficionados al fútbol, sin discriminaciones de ninguna índole, están dolidos, están compungidos por esta despedida de quinta que les brindó un hombre de su estirpe deportiva.
Sin lugar a ninguna duda, él es el primero en sentir total y absoluta vergüenza.
Qué pesar, qué pena, qué doloroso, pero Zinédine Zidane, el único ídolo que había sobrevivido a la generalizada mediocridad del Mundial de Alemania 2006, borró con el codo, lo que hizo con la mano.
Por: Tobías Carvajal Crespo