Hace 50 años, a comienzos de 1959, llegó a las filas de Millonarios el delantero centro argentino Walter Marcolini, quien a través del Deportes Quindío se había vinculado inicialmente a nuestro medio. Pero fue ciertamente en las huestes del equipo ‘Embajador’ donde alcanzó renombre.
De la pluma del inolvidable ‘filósofo’ del fútbol, el técnico Julio Tocker, esta nota en su habitual columna ‘Cosas del Fútbol’, con varias décadas de estar archivada. Dice así:
¿Ustedes recuerdan a Marcolini?. No voy a ponerme a decir ahora que era un crack. Tenía de todo, menos de crack. ¿Y qué era ese ‘todo’?. Voluntad, fuerza, ambición, velocidad, decisión y, más que nada, una rara cualidad para meter goles. Pero Marcolini necesitaba de sus demás compañeros, porque no era el centro delantero genial, que podía sacarse a un hombre de encima con alguna gambeta o con un amague. Era inteligente precisamente porque no hacía sino lo que hacía.

Por su estilo era un jugador de área enemiga. Nada de echarse al medio campo a conectarse. No tenía esa especialidad. Su función era la de definir. Metido siempre, como una cuña, entre los backs contrarios. Acosando a todos los defensores y acosando además al arquero siempre, en cada avance, aún sabiendo que muchas pelotas no las podía alcanzar. Pero corría todas. No aflojaba nunca. Y esa voluntad férrea, esa decisión sin límites, esa ambición desesperada lo había convertido en un centro delantero goleador por excelencia. No tenía nada de Loayza, (el famoso ‘Mago’ peruano que paso por el Deportivo Cali) ni de ninguno de los grandes centros delantemos que hemos visto por los campos de Colombia.
Deportivo Cali conformó una delantera sobria, capaz, inteligente, arrolladora, cuando tuvo como alero derecho a Arredondo, de interior a René Seghini, de centro delantero a Marcolini, Castromán de interior izquierdo y en la punta del mismo lado a Julio Marcarián. Una delantera que tenía de todo un poco: la velocidad de Arredondo, la calidad de Seghini, las arremetidas o embestidas de Marcolini, el trabajo de hormiga de Castromán y la tibieza siempre efectiva y definidora del ‘turco’ Marcarián. Esa delantera metía goles y jugaba al fútbol
Marcolini era su máximo cañonero. Pero para que Marcolini metiera goles, necesitaba de los desbordes del velocísimo Arredondo, necesitaba del trabajo ordenado y sobrio de René Seghini y necesitaba también que el ‘turco’ Marcarián le colocara los centros porque el ‘turco’ no tiraba centros, los colocaba en bandeja y ahí emergía la voluntad del ‘tano’ para ir a cabecear, contra todo el mundo. Marcolini era el típico goleador.
Más o menos con las mismas características que tiene Gallego. Pero eso sí, más veloz más ágil que el moreno goleador y más confiado para patear desde cualquier ángulo favorable.
En síntesis, traigo el recuerdo de Macolini (terminaba la vieja nota de Tocker) porque entiendo que el fútbol también necesita de jugadores voluntariosos y valientes. Que no se crea que yo solamente soy un convencido de que para ser jugador, hay que ser tocador, habilidoso y crack, a la manera de Loayza o de ‘Vides’ Mosquera.
A todo lo anterior podríamos agregar que Marcolini estuvo en las toldas caleñas de 1960 a 61. Jugó un total de 47 partidos y concretó 36 goles. Además de Atlético Quindío, Millonarios y Deportivo Cali, actuó finalmente para América.
Durante todo el tiempo de permanencia en el fútbol colombiano marcó 106 goles.