A raíz de los éxitos atléticos de Yelena Isinbayeva, superando la marca mundial de salto con garrocha abajo techo, bien vale la pena recordar algo de esta disciplina atlética.
Es una práctica que tiene sus orígenes muy antiguos, que responden a la utilidad de franquear un obstáculo o evitar la embestida de bestias feroces. Como deporte apareció en Inglaterra desde el mismo nacimiento del atletismo moderno. Se utilizaban en ese entonces, pesados mástiles de encina, abeto o fresno, de más de 10 kilogramos y una de cuyas extremidades estaba provista de largos clavos.
Clavando esa extremidad en la tierra, los primeros saltadores trepaban a fuerza de muñeca, cuando la pértiga se encontraba sobre la vertical, ganando así entre 30 y 60 centímetros, antes de franquear la barra, de espalda o de costado.
El primer resultado oficial data del 23 de marzo de 1867, cuando John Wheeler saltó 3,05 metros, esfuerzo cumplido en la ciudad de Londres.
Actualmente el reglamento establece que ningún competidor puede desplazar, durante el salto, una de sus manos hacia arriba, a lo largo de la pértiga, cuando ya se ha levantado del suelo. Por el hecho de negarse a aceptarlo, los ingleses acumularon por mucho tiempo un notable atraso técnico en esta modalidad del atletismo.
El primer récord del mundo, oficialmente registrado por la Federación Internacional de Atletismo fue establecido con un salto de 4,02 metros, el 8 de junio de 1912, en Cambridge (Massachusetts) por parte del norteamericano Marc Wright.
El primer hombre en saltar por encima de los cinco metros fue el norteamericano Brian Sterberg en 1963, utilizan una pértiga elaborada en fibra de vidrio.