Hace exactamente nueve años, los medios de comunicación de todo el país y el exterior estaban desbordados en elogios para Juan Pablo Montoya, vencedor el día anterior -mayo 28 de 2000- de las famosas 500 Millas de Indianápolis en su edición número 84.
A propósito de automovilismo, esta nota sobre el comienzo de este deporte en Colombia.
En 1770 Nícola Cugnot instaló una máquina de vapor a un triciclo con un motor de dos cilindros. Esa rudimentaria tecnología evolucionó con el paso de los años, hasta llegar, en su máxima expresión, a los famosos bólidos de la Fórmula-1 de los actuales momentos.
La ansiedad por rebajar el tiempo empleado en ir de un lugar a otro, dio origen al automovilismo como deporte competitivo. Podría decirse que esta disciplina nació el 20 de abril de 1887, cuando un periodista francés de apellido Fossier, organizó una carrera de ida y retorno, entre Neuilly y Versalles, sobre un total de 32 kilómetros.
En Colombia el entusiasmo por las carreras de carros acondicionados cobró especial importancia hacia 1940. Las adversas condiciones de nuestra topografía, el pésimo estado de las carreteras, pavimentadas de polvo en verano y de lodo en invierno, además de la imperiosa necesidad de vadear buena cantidad de ríos por la parte más baja existente entre una orilla y otra, hicieron de la práctica de esta disciplina algo casi heroico.
El martes 5 de agosto de 1941 comenzó la primera gran carrera de automóviles en nuestro país, con la doble Bogotá-Cali-Bogotá, prueba promovida por Gustavo Santos, Luis Castro Montejo, Pedro Isaza, Alvaro Rozo, Humberto Soto y Carlos Uribe, quienes en todo momento contaron con el apoyo del Automovil Club de Colombia, entidad que determinó conmemorar sus primeros seis años de actividad en el país, con una efectiva ayuda a tan singular prueba. Un total de 1.212 kilómetros fueron distribuidos en cinco etapas.
El estadio El Campín fue la meta final. Los pilotos, procedentes de Girardot, fueron recibidos por el propio Presidente de la República, doctor Eduardo Santos, quien entregó la ‘Copa Colombia’ a los tripulantes del Lincoln número 11, Eduardo Roncallo y Emilio Alvarez, justos ganadores, quienes cumplieron el total del trazado a un promedio de 68 kilómetros por hora. Esa carrera se vio engalanada con la presencia de las primeras mujeres pilotos. Ellas fueron: Irene y Elvia Belalcázar del Valle y Magda Mejía Díez de Caldas.
Casi dos lustros después, competencias como el Circuito Central Colombiano, las 500 Millas Colombianas, Medellín-Manizales, la doble a Sogamoso u Honda, y el Circuito de San Diego en pleno centro de Bogotá entusiasmaron al máximo, una vez más, a los aficionados colombianos a las pruebas de alta velocidad a motor. Ese fervor deportivo se incremento aún más con carreras internacionales como la Quito-Caracas que pasó por todo el centro de país, teniendo como atractivo fundamental la presencia de los prestigiosos volantes argentinos Oscar y Juan Gálvez. Además de Juan Manuel Fangio.
Fue entonces cuando en Colombia se hicieron más que famosos los nombres de Luis Rafael ‘El Ganso’ Garzón, quizás el piloto-mecánico más popular en la incipiente historia criolla del automovilismo, William Griebling, ‘El Loco’ Robledo, Fabio Villa Alvarez, los hermanos Marín, los llamados ‘Marimones’ colombianos, Aurelio ‘Grillo’ Toro, Artemo Trejos, Jaime Villegas y muchos otros que se pierden en los recodos, no de la carretera, sino de la memoria.
Entre todos aquellos hombres, que en tiempos más recientes tienen en Roberto José Guerrero, Diego Guzmán y Juan Pablo Montoya a sus mejores exponentes a nivel mundial, es preciso, casi que obligatorio, evocar la figura de la sensacional Doña Bárbara, una mujer de gran contextura física, quien sin arredrarse ante las múltiples vicisitudes de los caminos, recorrió y peleó kilómetro a kilómetro los trazados de las pruebas más insólitas de su tiempo.
Todos ellos fueron precursores de un deporte que ha brindado, y sigue haciéndolo, grandes emociones a los aficionados de todo el país.