El argentino Julio Tócker llegó a las filas del Deportivo Cali hacia el año de 1947, contratado por Abel Dupla, por ese tiempo técnico del equipo verdiblanco. Lo hizo en compañía de Manuel Spagnolo, Ricardo ‘Tanque’ Ruiz, Mocciola y Colecchio. Pasó luego al América, año de 1949, a instancias del dirigente Humberto Salcedo Fernández, más conocido como ‘Salcefer’.
Una fractura de peroné y luxación de tobillo lo obligaron a dejar la práctica activa del fútbol. Después ejerció como exitoso entrenador de varios equipos profesionales del país. En los últimos años de su vida incursionó con éxito en el periodismo deportivo.
Precisamente de la amena pluma del ‘Filósofo’ Julio Tócker, esta emotiva nota sobre el paraguayo Alejandrino Génes, inolvidable jugador del
Boca Juniors de Cali a comienzos de la década de 1950 y
campeón con Deportes Quindío hace medio siglo, a finales de 1956.

Era de Boca.
Alejandrino Génes. Para mí, siempre Alejandro.
Flaco. Cadavérico. Poco amistoso. Seriote, pero noble. Esa nobleza sana de la gente sana. Lejos de sentirse crack. No entraba en sus maneras de comportarse. Por temperamento, reservado. En la intimidad más sociable. Más ameno. Creo que Genes había nacido bajo algún alero militar. Porque era de personalidad recia y firme. Sin aspavientos. Y en esa sobriedad de hombre que se sabe honrado y buen amigo, se ganaba la simpatía de todos, si bien se le trataba. No tratado daba la impresión de una hosquedad que no era su atributo.
Yo lo conocí más a fondo cuando lo llevé al Atlético Quindío, en 1955. Fue una conversación directa mía. Los dirigentes de Armenia me habían pedido que lo conversara. Me vine a Cali y me costó un poco convencerlo. Su familia, toda de Cali, sus amigos que había hecho aquí, su ambiente y su montón de recuerdos lo ataban a esta tierra caleña, que agarra tan fuerte y que luego cuesta abandonar.
El Génes jugador era otra cosa: temperamental, exigente. Y en ese físico esmirriado y un poco lejos de ser fuerte o agresivo, había escondido una galanura de crack consumado. Si Manolete era la perfección con la capa y la espada, Génes era idéntico pero con otros aditamentos: la misma semblanza física del gran torero cordobés, la misma nariz aguileña y el mismo andar parsimonioso de los hombres que nacieron para ser algo en la vida: la espada y el capote, la pelota y los zapatos, tanto en uno como en otro, son signos de cualidades personales casi, diría yo, congénitas.
El Génes jugador era la síntesis elocuente, y más que nada evidente del toque perfecto, medido, del pase al centímetro, de la gambeta precisa, sin grandes desbordes, ni muchos movimientos. Jugaba casi parado. Tenía el don de la ubicuidad. Sabía, por lógica natural, dónde y en qué lugar iba a caer el balón. Por eso corría poco y no eran alocados sus desplazamientos. Aquí hay que machacar sobre una verdad grande en el fútbol, que suena a broma pero que es tan veraz que espero no lo tomen a la chacota mis amables lectores: yo tuve un técnico que siempre nos decía: ‘ya saben, el que corre más, corre menos. Por favor, que siempre corra la pelota, ustedes no...’
Génes, casi la perfección en sus pases.
Génes: si al fútbol le ponen galera y bastón a usted habría que candidatizarlo como la expresión máxima del fútbol de antes, de ahora y de siempre.
Y si Patiño y Berni, y si Cañete y Atilio López lo dejaban atrás, así, lentamente sus arranques, usted tenía la gran virtud de saber llegar a tiempo, así, lentamente, como lenta y lamentablemente se apagó su vida en plena madurez.
¿Y sabe una cosa?: la gente siempre lo recuerda. Aquel Génes del pase medido, del pase al centímetro, no ha muerto para sus hinchas que aún le son fieles. Y cada vez que asoman algunas discusiones, usted aparece como uno de los más dignos ejemplos que ha tenido el fútbol colombiano. Siga durmiendo en paz que el Génes amigo y jugador aún permanece vivo en la historia de nuestro fútbol.
Bella nota del gran Julio Tócker, en un periódico que denuncia el paso de los años. Más exactamente 36.
Alejandrino Génes, figura estelar del Boca Juniors y Deportes Quindío, siempre al lado de su entrañable paisano, Francisco Solano Patiño, murió en la ciudad de Bucaramanga el miércoles 29 de noviembre de 1967, al parecer víctima de un derrame cerebral o ataque cardíaco, pues fue encontrado muerto en su apartamento. Estaba a cargo de la divisiones menores del Atlético Bucaramanga.
Por su parte, el ‘Filósofo’ Julio Tócker, falleció el 4 de abril de 1998, lejos de Colombia, país al cual siempre añoró regresar, para nacionalizarse en forma definitiva. Dos glorias del fútbol espectáculo de antaño.