El Juego Perfecto, tal cual lo describe el reglamento del béisbol, no es otra cosa que el trabajo que efectúa un serpentinero desde el montículo, sin permitir imparables, conceder bases por bolas, que ningún bateador llegue a las almohadillas por cualquiera circunstancia, incluido un error de sus compañeros al campo, y obtener que los 27 bateadores a los cuales se enfrentó durante un partido regular de nueve entradas, sean puestos fuera del juego uno detrás de otro.
Por eso, aun cuando aparentemente es una cosa fácil, en la realidad, no lo es. Es tan complicado, difícil y circunstancial que ello no pueda ocurrir en el béisbol con la frecuencia que muchos consideran, más si se trata de un encuentro en las Grandes Ligas, en donde cualquier pelotero puede despachar la pelota a terrenos de nadie, que en más de 100 años de estar jugándose la pelota en la Gran Carpa, apenas hasta el pasado domingo 9 de mayo, en el estadio de los Atléticos de Oakland, se compiló el decimonoveno desafío con el sello de ‘’Juego Perfecto’’, dieciocho de los cuales han sido anotados en la temporada regular, porque hasta ahora, y desde luego, en más de un siglo de estar efectuándose la Serie Mundial, solo un encuentro ha podido registrarse en la Cita de Otoño con la calificación de Juego Perfecto, con cuya actuación se completan los diecinueve.
Ese único partido de Juego Perfecto en el Clásico de Otoño le fue acreditado al derecho lanzador de los Yanquis de Nueva York por esos años, Don Larsen, quien consiguió la hazaña que hasta el momento ningún otro lanzador se ha podido apuntar, aquel inolvidable 8 de octubre de 1956, cuando con apenas 97 lanzamientos, se convirtió en héroe para los Yanquis, al dominar por completo a la poderosa e indiscutible artillería de los Dodgers de Brooklyn, el campeón de la Liga Nacional, en donde aparecían jugadores de la talla de Duke Snider, Roy Campanella, Jackie Robinson, Gil Hodges y Carl Furillo, entre otros, en el quinto partido 2 carreras por 0.
Pero como casi siempre ocurre en estos casos esporádicos pero gratamente sorpresivos para el béisbol, Larsen nunca fue un serpentinero dominante y antes por el contrario, durante su carrera de 14 años en las mayores, se le calificó como un lanzador común y corriente. Empero, ese día estuvo inspirado e intransitable, y finalmente, al ganar los Yanquis la Serie Mundial, fue catapultado a la conquista del trofeo del Jugador Más Valioso del clásico de final de año de esa campaña.
Pues bien. Este 9 de mayo de 2010, en un encuentro regular de la temporada de las Grandes Ligas, el zurdo de los Atléticos de Oakland, Dallas Braden, se acreditó en los libros de anotaciones un Juego Perfecto, cuando su novena superó a los formidables Rayas de Tampa 4 carreras por 0, novena que hasta ese preciso momento, se mostraba como el club mejor proyectado para la temporada en la Liga Americana, siendo hasta ese día, el equipo con más triunfos en su circuito.
Braden, quien había saltado a las primeras páginas de algunos rotativos, revistas y semanarios deportivos por una agria discusión que tuvo días antes con el antesalista de los Yanquis de Nueva York, Alex Rodríguez, liquidó a los 27 bateadores de los Rayas a los cuales enfrentó, recetando durante el recorrido de las nueve entradas, media docena de ponches, dentro de los 109 lanzamientos que efectuó, 77 de los cuales pasaron por la zona buena del pentágono.
El zurdo nativo de Phoenix, Arizona, a sus 26 años de edad, con promedio de 190 libras de peso y más de 1.80 metros de estatura, y con su cuarta campaña en la Gran Carpa con los Atléticos, arrancó los aplausos de los 12.228 aficionados que estuvieron presentes en el parque de pelota de Oakland, en esa jornada con clima agradable y con día seminublado, al concluir el choque que demoró exactamente 2 horas y siete minutos, cuya proeza fue presenciada por su abuela y madre de crianza, Peggy Lindsey, con quien tuvo un emocionado, prolongado y sentimental abrazo una vez concluyeron las acciones del desafío.
El nombre de Dallas Braden quedará inscrito en la historia del béisbol de las Grandes Ligas, pero ojalá no sea golondrina de verano, porque observando sus estadísticas, lo que ha exhibido hasta ahora, no es nada del otro mundo, y puede ser otro lanzador más que llega a la cúspide con una excepcional labor de una tarde, para luego mantenerse con sus altos y bajos en las nóminas de los equipos de las Grandes Ligas, sin nada importante que destacar.
Lo decimos porque en sus cuatro campañas en la Gran Carpa, todas con los Atléticos, hasta el cierre de sus actuaciones a ese 9 de mayo de 2010, Braden no exhibe un perfil ganador desde el montículo y su estadísticas, por el contrario, inclinan la balanza hacia la calificación de ser uno más en la nómina de los equipos de las mayores, pues en 68 encuentros iniciados, apenas ha ganado 18 y ha perdido 24, otorgando 100 bases por bolas, propinando 205 ponches; aceptando 30 cuadrangulares, dentro de los 349 inatrapables permitidos en 326 episodios y dos tercios de juego laborados, para un promedio de carreras limpias de 4.49 por partido.
Por cierto, el último desafío con el sello de Juego Perfecto, ocurrió el pasado 23 de julio de 2009, con el estupendo trabajo realizado por el zurdo Mark Buehrle, de los Medias Blancas de Chicago, coincidencialmente también frente a los Rayas de Tampa, 5 carreras por 0, en encuentro efectuado en el parque de pelota de la novena de Chicago.
Y el último lanzador por los Atléticos de Oakland en obtener una tarea de esa misma naturaleza, fue exactamente 42 años y un día antes de la de Dallas Braden, con la labor que se apuntara Jim ‘’Catfish’’ Hunter, este sí un ganador en Grandes Ligas y hoy día miembro del Salón de la Fama, quien consiguió la misma hazaña frente a los Mellizos de Minnesota, con tablero de 4 carreras por 0, un 8 de mayo de 1968.
Triunfar como lanzador en el béisbol con un Juego Perfecto, no es cosa de todos los días, y menos si se trata de un partido de Grandes Ligas, en donde cualquier cosa puede pasar. Lo que hizo Dallas Braden frente a los Rayas es para la historia, y en los anales de la ‘’pelota caliente’’ queda inscrito como el décimo octavo partido de una campaña regular con la imborrable etiqueta de un Juego Perfecto, y el décimo noveno en toda la historia del Béisbol Organizado.