En todas las épocas,
el hombre parece haber estado dispuesto a aumentar 'milagrosamente' sus registros personales, bien sea para superar una dificultad o alcanzar un triunfo de resonancia y darse así el ‘lujo’ de lograr un poder emparentado casi con lo divino.
No obstante que la jerga inglesa designa por ‘dope’ a una droga que reviste algún peligro, el término hoy tan popular de ‘doping’ parece ser que tendría su origen en el flamenco ‘doop’. Todo apunta a que comenzó a ser empleado hacia el año 1876, como quien dice en el siglo antepasado. Se inició con la aplicación, sobre la suela de los zapatos, de una preparación especial, con el objeto de facilitar, todavía más, su deslizamiento sobre la nieve. Una práctica aparentemente ingenua, pero orientada a mejorar el rendimiento físico, con un menor esfuerzo.
La historia de los Juegos Olímpicos tiene casos muy dolorosos: en los Juegos de Londres, en 1908, el fondista italiano Dorando Pietri perdió varias veces el conocimiento, a pocos metros de la raya final. Más ‘recientemente’, en los Juegos de Roma 1960, donde Colombia estuvo presente con buenos resultados en ciclismo, el danés Enemark Jensen, de 21 años de edad, murió sobre la bicicleta.
A nivel nacional, es bien conocido el caso del ciclista boyacense Roberto ‘Pajarito’ Buitrago, en la Vuelta a Colombia de 1958 (casi 50 años) en desarrollo de la etapa Medellín-Riosucio. El corredor del equipo Avianca cayó cinco veces de su bicicleta y en plena carretera debió ser atendido por el médico de la prueba, doctor Gustavo Malagón Londoño. Se dijo en ese entonces que ‘Pajarito’ había sufrido un ‘vértigo común’. Se culpó de su estado de salud al técnico francés José Beyaert.
La proliferación del uso de estímulos externos para rendir en las actividades deportivas, dio origen a lo que se denominó primer coloquio europeo sobre ‘doping’, organizado en Uriage (Francia) hacia el año de 1963. Allí se definió, a la letra, el ‘doping’ como:
La utilización de sustancias o todo medio destinado a aumentar artificialmente el rendimiento, en vista o en ocasión de la competición, y que puede perjudicar a la ética deportiva y a la integridad física del atleta.
Se argumenta que históricamente el ‘doping’ apareció, empíricamente, en la edad de oro de los llamados ‘curanderos’, con ritos muy relacionados con la brujería. Se utilizaba el coñac, la estricnina y el veneno de serpientes. Pero como este ‘descubrimiento’ no podía seguir siendo de los ‘bajos fondos’ se pasó rápidamente a otorgarle carta de ciudadanía, como ocurre con muchos aspectos de la vida cotidiana y en la fase seudo-científica se comenzó a recurrir a medicinas que pudieran mejorar el funcionamiento del sistema cardiovascular. Hicieron su aparición, igualmente, los estimulantes como las anfetaminas.
Más recientemente las transfusiones de sangre, susceptibles de acrecentar la resistencia en las pruebas de fondo, es otro ‘procedimiento’ de cómo doparse.
Los casos de atletas velocistas como Ben Johson, Tim Montgomery y hace pocos días del plusmarquista mundial de los 100 metros planos, Justin Gatlin son lamentables. En cuanto al ciclismo, los ‘triunfos’ de Roberto Heras en España,
Floyd Landis en el Tour de Francia, están en entredicho. Y hace pocas horas, en Colombia, el retiro del seguro ‘campeón’ de la Vuelta, el santandereano
Hernán Buenahora Gutiérrez, por ‘prescripción médica’. Le dejaron correr o mejor dicho subir, una de las etapas más difíciles de la Vuelta, la trepara al Alto del Escobero, pero ‘temieron’ por su vida en una etapa plana, en las calles de Medellín.
La trampa, las mañas, el juego sucio, la manipulación de resultados y demás hedores que ‘aromatizan’ las actuaciones deportivas, están más activos ahora que nunca. Y es lógico: hay intereses creados, propósitos inconfesables.
En cuanto al ciclismo respecta, es posible que las acciones iniciadas el martes 23 de mayo y denominada Operación Puerto, por un presunto delito contra la salud pública y coordinada por el juez Antonio Serrano Arnel, del juzgado número 31 de Plaza de Castilla en Madrid, tengan un largo camino por recorrer, al extremo de requerir la planificación de la acciones correctivas en varias ‘etapas’, como las propias competencias.
La moralización del deporte se impone al precio que sea. Y el reciente Tour de Francia pagó un alto tributo. El ya retirado director de la prueba, Jean Mari Leblanc, al conocer pormenores de las irregularidades de los participantes dijo, textualmente, antes de soltar el Tour:
Estamos afectados, decepcionados y coléricos. Cuando tengamos los elementos en nuestro poder, no vamos a temblar. Si tenemos que salir con 20 ó 21 equipos, lo haremos.
Y en efecto, la carrera gala fue el Tour de los ‘desconocidos’. Y quién lo creyera, entre ellos también se filtraron los tramposos. El tramposo mayor, el propio campeón.
Lamentable la postración del deporte universal, en las disciplinas que exigen, fundamentalmente, un esfuerzo físico y/o también una moral a toda prueba, pues está fresco el caso del prestigioso ‘calcio’ italiano, donde si bien no hubo drogas extrañas, transfusiones de sangre, etc., sí se pactaron, por parte de ‘altos dignatarios’, arreglos por debajo de la mesa.
El deporte mundial está urgido de ‘doparse’ pero de buena formación moral desde el hogar, de compañeros sanos en la práctica de la misma disciplina, de técnicos con sentido de la responsabilidad, no de la oportunidad, de directivos con espíritu de emular con honor en vez de hacerlo corruptamente y de patrocinadores que en lugar de enlodar la marca del producto que pretender promocionar y dar a conocer, enaltezcan la misma, así sea con una derrota, pero honrosa.
Las manifestaciones del músculo, a esta altura del devenir histórico de la humanidad, son una auténtica religión. Todos estamos llamados a evitar su definitiva putrefacción. Ya que nos han defraudado, al menos moralmente, desde el Vaticano para abajo, pasando por los altos organismos mundiales, el Estado y las instituciones que dicen defender los intereses de la comunidad, que no suceda lo mismo con el deporte.